"un modelo de extranjero impuesto por los intereses de la élite que controla el Estado y su máquina burocrática" (Fatema Mernissi -socióloga y feminista marroquí), marcaba este argumento como hipótesis durante su discurso como ganadora del premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2003.
y no iba nada desencaminada, teniendo en cuenta como desde los Estados generalmente existe un marcado recelo hacia las personas emigrantes, temerosos a lo desconocido y también a personas desconocidas, con culturas y valores distintos a los que esos Estados marcan en sus regímenes, algunos muy cerrados e infranqueables.
Cuando los territorios se convierten en Estados, como forma de organización política, sus dirigentes, la élite poderosa que todo lo controla, no ven con buenos ojos que la población se desvíe del ejercicio obediente de las normas establecidas, desvío que puede verse amenazado con el aumento del conocimiento por parte de sus ciudadanos/as, conocimientos que pueden verse enriquecidos en esa interacción con nuevas personas, con personas extranjeras que trasmitan sus valores, su cultura y en definitiva sus reflexiones que puedan cambiar la mentalidad del pueblo, pueblo soberano cuyo poder puede tumbar cualquier régimen por muy poderoso que sea, o al menos ponerlo en una situación de extrema inestabilidad, como actualmente ocurre en muchos países de mundo, incluida España.
Hay momentos en los que, sin duda, una persona puede sentirse extranjera en cualquier lugar en el que esté, incluso en su país natal, pues puede no sentirse identificada, en muchos ámbitos, con el Estado que dirige su vida (por ejemplo, con el tipo de régimen autoritario que limita el ejercicio de las libertades).
Enrique Bunbury "El extranjero"